Gustar / gustar

10/09/2009

Murmurante una vez escuchó (no detrás de una puerta) a alguien decir: “Vila-Matas te puede gustar o no gustar. Pero cuando has decidido que no te gusta, empieza a gustarte. Y cuando adviertes que te gusta, se va apagando hasta reiniciar el ciclo”.

Vila-Matas Enrique es de esos escritores que parecen haber tenido sus libros preparados desde antes, ya listos y encuadernados en una pila sobre su escritorio. Cuando advierte que ha llegado el momento de preparar uno nuevo, agarra el de arriba y lo escribe. Pero es todo bastante extraño, porque uno no tiene la sensación, que a veces ocurre, de leer algo que ya ha sido escrito, en general por otro autor. Antes bien, frente a Vila-Matas uno tiene la sensación de leer algo que ya ha sido leído. Una vida, una escena, una caminata, una relación entre libros, un capricho de la casualidad. Es que el autor rescata de un fondo hecho de libros y de vidas ajenas, pero conocidas, la trama casi fantasmal de sus historias. Por eso la sensación aquella: uno lee lo que ha leído Vila-Matas.

Regulador entonces de entuertos póstumos, de accidentes históricos y de deslices notables. Si se mira bien, casi toda la literatura se ocupa de eso. Pero como también se trata de narrar, Vila-Matas es un gran creador de situaciones. La dislocación de la acción (porque la psicología de los personajes, incluido el narrador, es siempre arbitraria), los cuentos de los viejos iconos de la literatura moderna (tanto conocidos como medio ocultos), en fin, toda esa materia dispuesta, como diría Villoro Juan, es en el caso de Vila-Matas es menos maleable: resulta dura como un libro de tapas gruesas y circunspecta como una enciclopedia. Por lo tanto precisa de las situaciones, especie de interludios o escenas privadas, representadas como tales, que preparen el ambiente y organicen la secuencia de narraciones.

Y es ante ese departamento de la ciencia literaria, el de las situaciones, frente al cual hay que decir Chapeau! si se trata de Vila-Matas. Son pequeños nudos de tensiones en aumento, en general procesos de lucubración en los que la paranoia del escribiente se precalienta y anuncia el territorio que rescatará y en ese movimiento volverá a iluminar, probablemente de manera fulminante. ¿Es este autor un escritor anticuario? ¿Qué tipo de zumbidos escuchan sus oídos? ¿Los del pasado de la literatura? ¿O los de las vidas de los escritores amados? ¿Los emitidos solamente por libros? ¿O se trata solamente de autozumbidos?

Como la disquisición se está poniendo inadecuadamente metafórica interrumpo en este punto, encajando a ustedes la primera entrada de su Dietario voluble. El fragmento es un clamoroso ejemplo de lo que vengo diciendo, o tratando de decir. Es el comienzo exacto de una eventual o próxima novela suya (de las que esperan sobre su escritorio), o una de sus escenas típicas que nos dejan instalados en la inmovilidad y absortos, despreocupados de que nada avance, incluso el libro que tenemos entre las manos, mientras se decide si la cosa vendrá a través del mensajero o del escritor.

“Aquí estoy en mi cuarto habitual, donde me parece haber estado siempre. Como en tantas mañanas de mi vida, me encuentro en casa escribiendo. Suena, contundente, la música de Be My Baby, cantada por The Ronettes. Cuando tenía diecisiete años era mi canción favorita. De pronto, oigo perfectamente que alguien acaba de llegar en ascensor al rellano. Pero es extraño. Quien ha llegado no llama a ninguna de las cuatro puertas, ni se dispone a abrir ninguna de ellas. Es como si se hubiera quedado indeciso, aturdido o simplemente inmóvil ahí. Llevo tantos años en esta casa que controlo muy bien los sonidos que se producen cerca de mi puerta. Pasan casi dos minutos hasta que, exactamente cuando termina la canción, llaman a mi timbre. Abro. Veo a un hombre de parecida edad a la mía. Es el mensajero de una editorial y ha venido para entregarme un libro. Me lo da y le firmo en un papel. ‘Las Ronettes…’, susurra melancólico el hombre. ‘Me ponen de buen humor’, le comento sin mostrarme sorprendido –aunque lo estoy– de que conozca a The Ronettes. Sonrío, me despido, cierro la puerta despacio, con la amabilidad acostumbrada. Me quedo escuchando detrás de la puerta y noto que el hombre no entra en el ascensor. Puede que haya vuelto a quedarse inmóvil en el rellano. Seguramente se ha quedado apoyado en una pared, roto, deshecho de nostalgia y hasta llorando, esperando a que vuelva a ponerle Be My Baby.” (Enrique Vila-Matas: Dietario voluble, Anagrama, Barcelona, 2008, p. 11.)

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