La mala costumbre de ser autor

12/09/2009

Veo el escrito que publiqué ayer y me alarmo ante la pretendida buena intencionalidad que me impuse. ¿Quién soy yo para decir por dónde va la literatura, si se escribe demasiado mucho o demasiado poco en primera persona o sobre uno mismo, etc.? ¿Quién? Hoy veo el problema desde otro ángulo. Menos preocupado aunque con más motivos de alarma. Se trata de la idea de autor. No el autor y sus piruetas literarias; cada uno en definitiva es dueño de escribir lo que se le ocurra. Más bien el autor como institución, como núcleo ordenador de esa quintita de la realidad llamada literatura.

Ya lo dijo Foucault Michel en el escrito mencionado ayer, y Barthes Roland de hecho lo suscribió de hecho, si puede decirse así. La idea de la exclusividad del autor mueve al mundo de las obras literarias. Como dice: “No soportamos el anonimato literario; sólo lo toleramos en calidad de enigma”. Que la crítica y la historia literarias bailen alrededor de la idea de autor no es nuevo, al contrario. Aunque por momentos lo fastidioso es que tal preeminencia se mantenga en momentos en que, precisamente, la experiencia individual como depositaria de alguna verdad insoslayable haya quedado fuera de los alcances de la literatura de hoy, de esta época.

Me cuento entre quienes piensan que la literatura debería enviar señales colectivizantes. De la situación de discurso multisofisticado en la que está hoy (en varios sentidos de la palabra sofisticado y de la palabra hoy) tendría que apartarse un poco y lanzar alguna limosna al pasado de circuito de relatos anónimos de donde proviene, por más ancestral que sea.

Porque la hegemonía de la idea de autor como si fuera una marca se ha convertido en atadura para una verdadera renovación literaria. Debería abrirse el espacio a la literatura anónima. No a una literatura de apócrifos o heterónimos, sino a una literatura de nadie, sin subrayados en casillero sujeto civil emisor. Murmurante me cuenta su experiencia. Él también está metido en la campaña desde hace tiempo.

Lo que me cuenta no permite ser optimista. Cada vez que desliza frente a un escritor esta idea, como única respuesta recibe unas medio sonrisas entre displicentes y simpáticas, como si un idiota acabara de hablar. Lo que Murmurante propone es que cada escritor se sienta en la obligación de tributar, a lo largo de su carrera, al fondo de títulos anónimos por lo menos un libro de los que escriba. Esta propuesta práctica y realizable es la que produce aquellas sonrisas de desconcierto, incluso entre escritores muy consagrados y lisonjeados diariamente. En sus condiciones, ofrendar un libro sería para ellos algo muy poco, casi nada.

Y sin embargo desechan la idea. Desechan una de las pocas alternativas que quedan a la vista para salvar esto. Algunos aducen que habiendo estilos tan marcados e identificables, no serviría de mucho esconder el nombre. Pero eso es lo menos importante, porque en una primera etapa lo esencial es que haya libros sin autor, como gesto político, como prueba y apuesta de que aún varios creen en la existencia de un reducto donde las historias, versiones, dictados y cantos pertenecen a todos y no precisan ser respaldados por nombres propios para su supervivencia.

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